Hay coches que se recuerdan por lo que lograron. El BMW 507 se recuerda por ser tan hermoso que se le perdona haber estado a punto de arruinar a su fabricante. El descapotable más bello que BMW ha hecho jamás y uno de sus mayores errores comerciales son, exactamente, el mismo coche. Esta es su historia —las dos caras a la vez—.
El encargo que venía de América
A mediados de los cincuenta, el importador de BMW en Estados Unidos, Max Hoffman —el hombre que ya había convencido a más de un fabricante europeo de fabricar el coche que el mercado americano pedía—, vio un hueco. Entre los roadsters británicos, baratos y modestos, y el carísimo Mercedes 300 SL, no había nada: un descapotable europeo bello, deportivo y a un precio razonable. Le pidió a BMW que lo fabricara. De esa idea nació el 507.
El diseño de Goertz
El encargo del dibujo recayó en Albrecht von Goertz, un diseñador con escuela americana y un ojo excepcional. El resultado fue una carrocería de una pureza que el tiempo no ha tocado: proporciones largas y bajas, una calandra reinterpretada con elegancia, una línea que sigue pareciendo moderna setenta años después. Bajo el capó, una versión del V8 de aluminio que BMW había estrenado en su gama de lujo. Sobre el papel, el coche perfecto para la misión.
El precio que lo condenó
El plan era venderlo a un precio competitivo que le permitiera moverse en volumen. Pero fabricarlo costó mucho más de lo previsto, y el precio final se disparó hasta colocarlo fuera del alcance que justificaba su existencia: demasiado caro para el hueco que venía a ocupar. Se construyeron poco más de 250 unidades, y la marca perdía dinero con cada una. Lejos de salvar las cuentas, el 507 contribuyó a empujar a BMW hacia la crisis que, a finales de la década, estuvo a punto de costarle la independencia.
De fracaso comercial a icono inmortal
Y entonces ocurrió lo que ocurre con los objetos verdaderamente bellos: el tiempo borró el balance y dejó la forma. El coche que no se vendía se convirtió en uno de los más codiciados del mundo. Lo tuvieron desde estrellas de cine hasta el propio Elvis Presley, que compró uno durante su servicio militar en Alemania. Hoy un 507 en buen estado alcanza cifras que su contable de 1957 no habría creído posibles.
Décadas más tarde, BMW le rindió el homenaje definitivo: el Z8 del año 2000 recuperó su espíritu y sus líneas, convirtiendo el viejo fracaso en una de las señas de identidad de la marca. La historia completa de ese arco —de la apuesta imposible al homenaje seguro— está en los BMW más icónicos de la historia.
El 507 en Road Legacy
Tener un 507 delante es entender las dos cosas a la vez: la belleza que justifica cualquier locura y la lección de que la visión, sin un negocio que la sostenga, sale carísima. Por eso en nuestros workshops inmersivos no es solo una joya que admirar, sino un caso que enseña —lo contamos en las lecciones de liderazgo de la historia de BMW.
Forma parte de una colección que no se mira detrás de un cordón, sino que se vive. Puedes recorrerla aquí.
El 507 es la prueba de que un coche puede fracasar en su época y ganar en la historia. Setenta años después, nadie recuerda lo que costó —solo lo que es—.
ESCRITO POR
Road Legacy
Equipo Road Legacy · Sant Cugat del Vallès



