BMW ha hecho berlinas rapidísimas, descapotables bellísimos e iconos de todo tipo. Pero un superdeportivo de motor central, diseñado desde cero, lo ha hecho una sola vez en su historia: el M1. Es una rareza absoluta en la trayectoria de la marca —y, de paso, protagonista de una de las historias más rocambolescas y fértiles que ha dado el automóvil—.
El concepto que lo encendió
La semilla está en un coche que nunca se vendió: el BMW Turbo, un prototipo de principios de los setenta con puertas de gaviota y una silueta de cuña que adelantaba el futuro. Aquella idea —un BMW deportivo radical, de motor central— se quedó dando vueltas hasta que, años después, la marca decidió convertirla en un coche real para homologar un programa de competición.
Diseño de Giugiaro, mecánica de carreras
El dibujo definitivo lo firmó Giorgetto Giugiaro, con su Italdesign: una cuña limpia, baja y funcional, sin un gramo de adorno superfluo. En el centro, un seis en línea de 3,5 litros y 24 válvulas que entregaba alrededor de 277 caballos y empujaba al coche cerca de los 260 km/h —cifras que lo colocaban entre los coches más rápidos de su tiempo—. No era un ejercicio de estilo: era una máquina concebida para correr, con su versión de calle como peaje para poder hacerlo.
La saga Lamborghini
Aquí la historia se tuerce. BMW encargó buena parte del desarrollo y la fabricación a Lamborghini, que atravesaba serias dificultades financieras. El acuerdo se desmoronó a mitad de camino, con el proyecto a medias. En lugar de abandonarlo, BMW lo reorganizó sobre la marcha: repartió la fabricación entre varios especialistas italianos y alemanes —chasis, carrocería y ensamblaje final en manos distintas— y sacó el coche adelante casi a pulso. La improvisación obligada explica que el M1 llegara tarde y caro.
La Procar: pilotos de Fórmula 1 en un coche de calle
Cuando las reglas de homologación cambiaron y dejaron al M1 sin la categoría para la que se había concebido, BMW se inventó una propia: la Procar. Una serie en la que los mejores pilotos de Fórmula 1 del momento competían en M1 idénticos como telonera de los Grandes Premios. Campeones del mundo al volante del mismo coche, rueda con rueda. Fue un capítulo irrepetible, y hoy uno de los más recordados de la historia deportiva de la marca.
Lo que dejó
Se fabricaron poco más de 450 unidades y, en su momento, costó venderlas. Pero el M1 dejó algo que vale mucho más que esas cifras: fundó la división M, el sello deportivo del que han nacido los coches que definen a BMW desde entonces. Esa paradoja —un coche difícil de vender que resultó una de las mejores decisiones de la marca— la contamos como caso de negocio en qué enseña el M1 sobre innovación.
El M1 en Road Legacy
Tener un M1 delante es tener delante la única vez que BMW se atrevió a tanto. Es una de las piezas centrales de la colección y de los workshops inmersivos, donde no es solo una joya, sino un caso que enseña. Puedes recorrer la colección aquí.
El M1 es la prueba de lo que pasa cuando una marca sensata hace, una vez, algo insensato. Salió tarde, caro y complicado —y fundó la mejor parte de lo que BMW es hoy—.
ESCRITO POR
Road Legacy
Equipo Road Legacy · Sant Cugat del Vallès



